Hemos presentado algunos antecedentes de esta forma de violencia que se extiende en nuestro fútbol y que consiste en las expresiones y prácticas discriminatorias, racistas y xenofóbicas por parte de todos los sectores que hacen al “mundo” del fútbol argentino. Seguramente hay muchos más casos, pero que en la economía de los medios no tienen lugar asignado para su publicación y difusión. Aún los casos que se pudieron detectar no cuentan con un espacio acorde a la gravedad de los hechos y a la necesidad de discutirlos por parte de la sociedad y no solo la comunidad del fútbol.

Una primera cuestión que emerge, ya se mencionó en el párrafo anterior: la problemática analizada atraviesa a todos los actores que hacen y rodean al fútbol. Hay discriminación en el campo de juego, (jugadores y árbitros), entre los que ocupan roles institucionales (dirigentes) y desde los propios espectadores (hinchadas). Es un problema que se extiende sobre todo el conjunto y no sobre un grupo particular del total de los protagonistas: es un problema de la sociedad. Podría ser más sencillo prestar atención a lo que sucede exclusivamente desde las gradas y las plateas, escuchar los insultos y leer las banderas, entonces luego decir que el problema de la discriminación proviene de quienes algunos identifican como los “inadaptados de siempre”. Una lectura tal simplifica el problema de manera peligrosa, y termina por ignorar que todos los que participan en el fútbol son parte de la sociedad, tienen distintos roles en ella, contraen hábitos y prácticas que luego trasladan al fútbol y viceversa. Discriminación, racismo y xenofobia son problemas sociales extendidos, sucede que al parecer, encuentran un ámbito privilegiado en el fútbol para ejercerse y desplegarse. El quid de la cuestión, radica entonces, en averiguar por qué acontece tal orden de cosas.

La cuestión es compleja y extensa. Sin embargo, podemos esbozar aquí un posible sendero para recorrer y comprender la trama qué hace del fútbol un espacio para que esos tres fenómenos sociales emerjan.

A primera vista, la cuestión de la vigilancia y sanción social parece ser una variable que puede ayudar a comprender nuestra interrogación. De los episodios que hemos descrito, prácticamente ninguno recibió algún tipo de sanción punitiva legitimada por organismos de la justicia nacional: todos los incidentes que involucran discriminación, racismo y xenofobia suelen extinguirse impunemente, sin condena judicial ni social. Y si la tienen, parece no ser un tema para difundir mediáticamente, para que el grueso de la sociedad se notifique al respecto. El seguimiento y desenlace de estos asuntos, al parecer, no despierta la inquietud e interés de gran parte de la sociedad.

La ausencia de sanciones judiciales que condenen formalmente los hechos, sumado al desinterés social de que así sea, atentan contra cualquier tipo de acción que se inicie contra los responsables de estos hechos violentos. Por eso, aún con la intervención de organismos como el INADI será insuficiente: necesariamente es la justicia ordinaria quien debe encargarse de reparar los daños sufridos por el tejido social a partir de actos discriminatorios, racistas y xenofóbicos.

Por último, existe un agravante que debe ser incluido en el actual análisis. Debemos retrotraernos al mes de Mayo de 2005, a una decisión judicial, tomada luego del incidente, que aquí presentamos, de las banderas con cruces esvásticas en el partido de Talleres de Córdoba vs. Gimnasia de Jujuy. Fue a raíz de aquel incidente que el  Consejo Federal de Seguridad dictaminó que todos los partidos del fútbol debían ser suspendidos si se registrara durante su transcurso cualquier tipo de manifestación gráfica de racismo o de discriminación, y también de cánticos que inciten a comportamientos violentos. Esto es lo que marca el artículo 14 de la Ley 11.929.

A pesar de existir una normativa vigente que sancione hechos de discriminación, racismo y xenofobia en el fútbol, no se ejercita. Si bien no es un fenómeno constante en nuestro fútbol, es necesario corregir estas conductas antes que se generalicen aún más y se tornen más peligrosas y dañinas. No todos los actores involucrados en la escena del fútbol local tienen las mismas responsabilidades, pero aquello tampoco es justificativo de nada; sin embargo, deben ser los protagonistas directos, jugadores, árbitros y dirigentes, los primeros en dar el ejemplo y asumir un comportamiento que condene y rechace cualquier tipo de práctica relacionada con la violencia analizada.

La solución no parece estar en sanciones más duras para los responsables, sino en aplicar las leyes vigentes y realizar rigurosos controles de seguridad que eviten cualquier tipo de incidentes de discriminación, racismo y xenofobia en los estadios y alrededores. Los actores responsables, tanto el Estado como los clubes de fútbol y las distintas asociaciones que los nuclean, deben aplicar sanciones a los incidentes que emerjan y que provengan tanto de sus empleados (árbitros, directivos y jugadores) como de sus seguidores. El cumplimiento de la Ley y el establecimiento de castigos acordes a los daños cometidos, son necesarios para dejar en claro que la discriminación, el racismo y la xenofobia, no pueden ni deben ser tolerados en el ámbito del fútbol.