Sobre la violencia en el fútbol argentino, entre diagnósticos y búsquedas de alternativas

Capítulo de libro para Violencia y Fútbol: ¿hasta cuándo? (Prigollini C. y Candia J., eds.), Porrúa Independiente, México, 2014.

 Por Fernando Segura M. Trejo[i] y Sergio Levinsky [ii]

A diferencia de las principales ligas de Europa, que piensan permanentemente en controlar la violencia (al menos en el contexto de los encuentros deportivos), en la Argentina parece haber escaseado, por muchas décadas, la voluntad política firme y sostenida por regular el problema. Sin embargo, cuando se hace alusión a las medidas, generalmente las británicas, hay que tener cuidado en distinguir el contexto y no darlas como un único modelo a seguir[iii]. Lo que realmente importa es entender cuáles son las características de cada contexto, incluidos los vicios y las complicidades para poder proponer diagnósticos y herramientas por cada caso particular.

Para toda búsqueda de soluciones, es fundamental reconocer, desde las políticas públicas, las conexiones que envuelven al entramado de las expresiones violentas en el país, en todas sus dimensiones. La tarea no es por lo tanto sencilla, requiere una gran dosis de valor, de investigación, de sensatez e incluso de aperturas de visiones. En Argentina, Amílcar Romero ha evidenciado la cercanía entre la violencia, el deporte y la política, siendo uno de los primeros y escasos investigadores en plantear el problema desde un enfoque serio y profundo[iv], con un recorrido histórico que muestra que las complicidades y sus derivados han estado presentes desde hace muchas décadas. Romero ha sido incluso más específico en denunciar el modus operandi que se esconde detrás de la violencia en el fútbol argentino[v]. Este tipo de trabajos sirven como base socio-histórica para comprender la densidad de un fenómeno que no es reciente, que ha ido reproduciéndose, transformándose con el tiempo y por lo tanto no recibirá ninguna solución milagrosa o inmediata. El asunto requiere de un proceso que incorpore aprendizajes y descarte fallas, y por sobre todas las cosas de voluntad política sostenida y aplicación de la ley.

Necesitamos así, como sociedad, entender y efectuar diagnósticos serios para poder procurarnos herramientas, que con distancia respecto al fenómeno estudiado, nos permitan buscar canales para contenerlo. Es por eso que para el poder central del fútbol, entonces, cuesta muchas veces admitir los respaldos a los que se cataloga de violentos por parte de quienes, como funcionarios, deberían ser los encargados de controlar el problema. Es así que se ha teatralizado el interés por copiar métodos foráneos extrapolándolos al país cuando la problemática tiene ribetes sociales y culturales completamente diferentes y todos estos proyectos terminan ciertamente en fracasos.

En un diagnóstico de las formas de violencia que son recurrentes en el fútbol argentino es menester entender el funcionamiento y las lógicas de los actores en juego. Así, el funcionamiento de una hinchada, en particular de lo que se denomina una “barra”, se trata de una organización sumamente compleja, donde coexisten pujas por el poder interno, con jerarquías definidas y en movimiento permanente. Además, estos grupos no actúan aisladamente. Siempre tienen contrapartes en otras esferas que avalan o nutren sus negocios pero que se esconden detrás de la hipocresía. Los trabajos etnográficos recientes del antropólogo José Garriga evidencian hasta qué grado el entorno de un grupo duro de una hinchada es complejo y variado. Sus observaciones con la hinchada de Colegiales en la zona de Munro, en el cono-urbano cercano a la ciudad de Buenos Aires y en uno de los núcleos más fuertes de la hinchada de Huracán[vi], ligada al barrio porteño de Parque Patricios y alrededores, constituyen verdaderas herramientas conceptuales para desmenuzar todo un funcionamiento ordenado, que implica diferentes conexiones.

La connivencia con la clase política no es una casualidad, sino que se explica desde dos factores fundamentales, aunque no únicos. Por una parte,  el hecho de que toda comisión directiva que asume en cualquier club argentino en este tiempo ya es precedida por su “barra brava”[vii], porque estas formaciones se han consolidado en el fútbol argentino hace más de cuatro décadas y han ido “perfeccionando” su nivel de organización y sus métodos de presión. Por otra, a partir del uso que los políticos, con escasas excepciones, tanto del fútbol como de la política, hacen de estos “violentos”  una fuerza de choque para distintos objetivos: como movilizaciones o represiones con el fin de alejar a otras partes de decisiones finales. Así, ya sea que los dirigentes recién electos son “visitados”, muchas veces amenazados, o por el contrario, en algunas ocasiones los “barras” son instrumentos de poder para algunos personajes, en un juego de demanda y de oferta por sus “servicios”. Las tradiciones en este sentido están impuestas por usos y costumbres. Y como se sabe, es muy difícil de romper lo establecido (pero no imposible y no por eso se tiene que aceptar).

Si en los años noventa, las consecuencias de los hechos violentos del fútbol en Argentina dieron lugar a la existencia, como respuesta de política pública, de los llamados “pulmones” en las tribunas, -meros espacios que separan a las parcialidades rivales, y que no permiten espectadores en esos recintos[viii]-, hoy, todo indica que en varios clubes se acerca la necesidad de colocar “pulmones” para separar a los diferentes grupos en puja identificados con el mismo club[ix]. Al aumentar la cartera de “negocios”, las barras-bravas en Argentina han diversificado no solamente sus actividades, sino sus ingresos económicos[x]. Diego Murzi, del departamento de investigaciones de Salvemos al Fútbol y en sintonía con los documentos producidos ahí, se refiere en un extenso trabajo[xi] a la mercantilización de las actividades de las barras, la apropiación de nuevos mercados de negocios y la consecuente extensión de nuevas prácticas que buscan proteger no sólo el poder simbólico sino las ganancias redituables de dirigir el principal grupo de una hinchada. El arraigo de éstas nuevas prácticas envuelve a un muy variado tejido de actores, algunos de los cuales se vinculan (o usan el fútbol) y otros que son ajenos a su esfera, pero que recurren e interactúan con los barras de “oficio” para la “seguridad” de espectáculos diversos o para ciertos ajustes de cuentas.

Si la anterior descripción del fenómeno se circunscribe a algunas de las principales características en Argentina, se puede también afirmar que en los últimos diez años, esta estética de las hinchadas emparentada con las barras-bravas y su apología de la violencia se ha exportado a otros países. Esto ha implicado un movimiento que ha ido más allá de la simple imitación de ritmos, cantos, despliegue de banderas, sino que se ha traducido en la incorporación de una “cultura” de “barras bravas”, en países donde incluso el paisaje en los estadios era hasta hace unos años sumamente diferente al argentino.

Esta historia de expansión se ha ido gestando desde diferentes planos. Los discursos que se trasmiten actualmente en los cantos, expuestos a través de la televisación de las tribunas de fútbol en gran parte de Latinoamérica, forman parte un universo que exalta la virilidad y el “valor” de sus ocupantes. Algo que el antropólogo Eduardo Archetti expuso desde fines de la década de 1980 en la observación del espacio simbólico de los estadios argentinos[xii]. Esta masculinidad se afirma con múltiples expresiones, incluida con la exposición del propio cuerpo como recurso. Parte entonces de las raíces de los relatos y de los discursos que se han ido proyectando en los estadios tienen un origen, según Archetti, en la exaltación de la virilidad como elemento constitutivo de una identidad personal y colectiva.

Pero en esa estética común se han mezclado un clima carnavalesco con una predisposición a la violencia, donde algunos grupos han privilegiado la primera dimensión y otros, los que se conocen como “barras” han ido acentuando la segunda, envolviéndola en el clima de la fiesta, pero cediendo a una especie sub-cultura de apología y de prácticas violentas.

Entonces, no solamente varios componentes de la estética de la violencia del fútbol argentino se han ido transmitiendo por el continente americano, sino que se han ido  copiando formatos (desde la disposición de banderas hasta el modus operandi). Además, algunas barras argentinas se fueron convirtiendo en La Meca para sus homólogas extranjeras. Una forma de aprender in situ en la mejor “universidad” posible, incluidas algunas visitas desde Europa[xiii]. Muchas escenas similares se pueden observar tanto en Perú, en Ecuador, en Colombia, como ya desde hace varios años en México e incluso en Venezuela[xiv]. En México se ha ido cambiando de las viejas porras a las hinchadas o barras (confundiéndose el uso del término por grupos locales), conviviendo en algunos estadios todavía ambos estilos (el viejo y el nuevo) en diferentes sectores. Pero tanto en México como en Venezuela el crecimiento de las denominadas barras (dependiendo del caso particular) ha sido vertiginoso en los últimos años, en una especie de carrera desenfrenada.

La expansión de los torneos continentales, para satisfacer a la globalización de los nuevos medios de comunicación (TV por cable, digital, internet, telefonía celular) han contribuido no solamente al aumento de encuentros deportivos y de ganancias lucrativas sino a la transmisión del implante de la cultura de la “barras brava” en otros países. El crecimiento de estas nuevas barras latinoamericanas está generando entonces la necesidad de plantear un nuevo papel no solamente por parte los dirigentes deportivos en cada uno de los países, sino de la propia CONMEBOL con el fin de encontrar formas conjuntas de contener el accionar y sobre todo una cultura que convive con formas de violencia como un valor positivo. Ante este vacío que parece tener mejores cómplices (y clientes) que restricciones y ni se diga de campañas sostenidas de prevención, algo que parece ser un área poco conocida en este ámbito del fútbol, el papel de las organizaciones no gubernamentales, se posiciona como un nuevo actor, que promueve varios canales: la información, la denuncia, la presión sobre autoridades y el diálogo ciudadano.

Es en estos desequilibrios en el fútbol argentino, como contraparte y como hartazgo a las fallas institucionales, cuando aparece, por extrema necesidad y por valentía en las denuncias, la ONG Salvemos Al Fútbol a mediados de la década del 2000. La misma, junto con otras que se han asociado como Familiares de Víctimas por la Violencia en el Fútbol Argentino (FAVIFA) han luchado muchas veces contra las propias instituciones, o pese a ellas en el mejor de los casos, sufriendo censuras, indiferencia e incluso agresiones simbólicas por el hecho de alzar la voz.

Pero tampoco las Ciencias Sociales, orgánicamente desde la Universidad, han presionado lo suficiente para que se las escuche. Peor aún, las veces que se han manifestado (con disparidad de opiniones y criterios) han tenido escasas respuestas, siempre marginales, o directamente individuales. Otras veces, algunos ecos de la producción académica han sido utilizados para fines mediáticos en vez de recurrir a los carriles formales para proponer alguna alternativa de manera de encontrar lugar en el debate de políticas públicas. Podría decirse que la Sociología, en términos generales, ha estado más ausente que presente en el estudio cabal del deporte en todas sus aristas, y demasiado enfrascada en cuestiones políticas internas. Es grande por lo tanto la tarea para que las Ciencias Sociales y la Sociología en particular propongan reflexiones y herramientas que se encuentren al alcance de quienes busquen honestamente contribuir a una sociedad deportiva más justa y equilibrada. Por todo ello, es difícil concebir a un Estado o una AFA sin un observatorio de la violencia en el fútbol con gente capacitada, como de distintas formas ocurre en otros países.

Preocupados con la presentación de alternativas para la contención de los altos niveles de violencia que acechan al fútbol argentino y amenazan con manifestarse en otros contextos latinoamericanos, los autores de este documento suscriben a la idea de generar políticas públicas que no dejen a la intemperie a las distintas organizaciones ni a la aplicación de la ley en un Estado de derecho. Es en el desamparo de estas políticas y de un marco de Estado (ya sea nacional, provincial o municipal) ausente, y hasta cómplice, independientemente de los colores o niveles de las jerarquías políticas, que los distintos actores de la sociedad civil deben desenvolverse hasta el momento, con las carencias que esto significa.

Estas urgentes políticas públicas han de estar respaldadas por instituciones estatales que ayuden en la búsqueda de soluciones. Por ejemplo, el no tener sistematizados los hechos de violencia de forma transparente, la falta de una entidad pública dedicada a la investigación sistemática, la absoluta desnudez en las estadísticas y la falta de coordinación con los distintos organismos, ayudan a la confusión y a la imposibilidad de alternativas creíbles para la problemática.

Es fundamental destacar que todas las medidas que puedan tomarse necesitan de un contexto socioeconómico y político que ayude. Sin una Policía formada para prevenir, sin un periodismo colegiado y universitario, sin funcionarios políticos que entiendan que las federaciones de fútbol no son islas o que las barras bravas no deben ser utilizadas con fines particulares y que estas federaciones deben circunscribirse a la ley sin creer que están por encima de las instituciones. De la misma manera, mientras que en los ámbitos formales de las Ciencias Sociales y su relación con la producción de conocimiento útil para la sociedad, no se entienda que el estudio del deporte es una más de las especialidades y no una rara área marginal y sin interés, el camino estará siempre plagado de obstáculos para una verdadera política pública de mediano y largo aliento.

 

[i] Fernando Segura M. Trejo: Investigador asociado al Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE – México) y la Fundación Getúlio Vargas de Rio de Janeiro (Brasil). Doctor en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Paris. Autor de varios artículos sobre fútbol y violencia en diferentes espacios universitarios. Vivió en Argentina durante veinte años.

[ii] Sergio Levinsky: Periodista, sociólogo y escritor argentino residente en España. Autor de los libros “El negocio del fútbol” (1995), “Maradona, rebelde con causa” (1996) y “El deporte de informar” (2002), Coordinador de las Jornadas de debate de Sociología y Deportes (UBA) en 2001. Docente invitado en la cátedra de Postgrado de Psicología Aplicada al Deporte (UBA) y de las Jornadas de Cine y Debate del Comité Olímpico Argentino (COA).

[iii] La literatura británica respecto al fenómeno hooligans es abundante, rica en debate así como en puntos de vista divergentes. No pretendemos en este artículo revisarla, invitamos al lector a revisarla y cotejarla por sí mismo.

[iv] Ver por ejemplo Romero, Amílcar. 1985. Deporte, violencia y política (crónica negra 1958 – 1983). Centro Editor de Latinoamérica: Buenos Aires.

[v] Ver también Romero, Amílcar. 1997. “Apuntes sobre la violencia en el fútbol argentino”. EF Deportes.

[vi] Se recomienda con mucho interés leer en particular a Garriga Zucal, Jose. 2006. Haciendo  amigos a las piñas. Violencia y redes sociales en una hinchada de fútbol. Editorial Prometeo. Buenos Aires. En este trabajo etnográfico, donde el investigador pasó todo un año no solamente en la tribuna durante los partidos sino entre semana con varios de los integrantes de uno de los grupos de la hinchada de Huracán, pueden interpretarse los sentidos que este grupo da a la violencia, su propia visión de los antagonismos con otras hinchadas, el poder interno en la tribuna y las relaciones con los otros círculos de poder. Este trabajo puede ser leído para interpretar otras hinchadas, sobre todo las relaciones internas y externas que se gestan desde el poder por el hecho de ser miembro “destacado” en la tribuna.

[vii] Miguel Calello, quien por ejemplo ganara las elecciones en 2011 como presidente de Vélez Sarsfield, por cierto uno de los clubes mejor administrados para la gran mayoría de los seguidores del fútbol, admitió a horas de vencer que los barras bravas “están todo el día” en la entidad.

[viii] Con lo que, indirectamente, atentan contra el negocio al no poderse vender un buen número de boletos correspondientes a ese sector.

[ix] Como ya ocurre, como hecho fundacional, en el Club Atlético Cipolletti de Río Negro. Sin ir más lejos, en el encuentro entre Boca Juniors y Atlético Rafaela de primera división, en el apertura 2011, la tradicional barra brava boquense conocida como “La 12” se mostró enfrentada en un duelo de grupos que alentaban desde tribunas enfrentadas y con cánticos diferentes, una muestra de las pujas internas por el control y el poder de una barra.

[x] Sobre esta dimensión de negocios véase por ejemplo el trabajo periodístico de investigación de Carlos Del Frade, especialmente en Central, Ñuls, la ciudad goleada. Fútbol, lavado de dinero y poder. Editorial Último Recurso. 2005.

[xi] Murzi, Diego. 2011. “Hooligan ou businessman? Portrait des supporters de football violents en Argentine”. Bajo la dirección de Patrick Mignon. Tesis de maestría en sociología. Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de Paris.

[xii]  Ver Archetti, Eduardo. “Fútbol, violencia y afirmación masculina”. En Debates nº3. Buenos Aires, 1985

[xiii] Como por ejemplo, las imágenes de la TV española sobre la presencia de los Ultrasur del Real Madrid en la Bombonera, instruidos por la barra de Rafael Di Zeo.

[xiv] Por supuesto que cada contexto tiene sus particularidades y su historia, como por ejemplo en Montevideo con las hinchadas de Peñarol y Nacional en interacción directa con las argentinas desde hace muchas décadas, con alianzas y enemistades variables propulsadas por encuentros en Copa Libertadores. El caso chileno también reviste una historia propia de construcción de una alteridad en grupos de algunas hinchadas. Actualmente, muchas canciones, llaméense cantitos, cánticos o de otra forma así como las maneras de transcurrir en las tribunas parecen ser análogas de un contexto a otro. También en países de Centroamérica se puede vislumbrar los mismos rituales escénicos en los estadios. Incluso algunas torcidas brasileñas han preferido adoptar el estilo argentino en su estética, como el Inter y el Gremio de Porto Alegre, diferenciándose de las torcidas de otras ciudades, que mantienen un estilo propio diferente al modo argentino.