La prohibición del público visitante es una medida controversial y definitivamente incómoda para los dirigentes deportivos y los funcionarios públicos. Vigente desde el año 2007 para los torneos de Ascenso y desde 2013 para la Primera División, la erradicación de una de las parcialidades del espacio del estadio nació como una medida temporal pero se convirtió en la política pública de seguridad deportiva más importante de los últimos años en nuestro país.

Su lógica es sencilla y brutal: en lugar de prevenir, anticipar y controlar los posibles incidentes en una cancha, se opta por eliminar del cuadro a uno (importante, pero tan solo uno de varios) de los factores problemáticos. El impacto social de esta medida se pudo dimensionar cuando una eventual vuelta de los visitantes a los estadios se convirtió en promesa de campaña de los tres candidatos principales en las elecciones presidenciales de 2015.

Hoy, la gestión de gobierno cambió de color pero los visitantes siguen vedados en la gran mayoría de los estadios, con excepción de algunos partidos jugados en el ámbito de la Provincia de Buenos Aires. El responsable de la Agencia de Seguridad en Espectáculos Deportivos de la Provincia (APREVIDE), Juan manuel Lugones, intentó promover la vuelta del público visitante en encuentros que se jugaron en su circunscripción, en donde se presentó la novedad como un logro político de su gestión en particular y del Ministro de Seguridad, Cristian Ritondo, en general.

Las experiencias de partidos con público visitante que tuvieron lugar hasta ahora tienen mucho más de fallidas que de logradas. La razón principal de ello es que la problemática de la denominada “Violencia en el fútbol” fue abordada en principio desde lo discursivo, con muy poca acción y se hizo foco únicamente en la idea de que la causa del problema son las barras bravas y que si se evita su ingreso (algo se avanzó en ello) o condiciona su conducta, “la familia podrá volver a los estadios sin miedos”.

Este enfoque parcial omite que la problemática requiere ineludiblemente un abordaje integral que incluya todos los factores organizativos de un evento masivo, en particular, aquellos que se ven afectados por lo que se denomina Dinámica de la Multitud. No solo es cuestión de seguridad. El bienestar de los concurrentes también debe ser prioridad.

Una deficiente preparación y organización en materia de gestión de multitudes puede desencadenar incidentes cuyas consecuencias serían mucho más lamentables que el accionar de individuos o grupos violentos. Aglomeraciones, tumultos causados por mala administración de flujos, controles insuficientes o ineficaces (entradas, cacheos, ingresos) e instalaciones precarias representan amenazas de riesgo inaceptables, que de materializarse generarán episodios traumáticos y reacciones violentas para personas que en otro ámbito tendrían conductas aceptables.

Una mala organización puede generar tanta o más violencia que un grupo delictivo que la utiliza premeditadamente para su beneficio propio. En Banfield-Boca, una avalancha tras un gol del visitante, envió a una decena de simpatizantes al hospital.

Es evidente que existe una falla referida al bienestar de las personas. Nada que ver con un tema de seguridad. Sobrepoblación, falta de para-avalanchas, aglomeración de personas en la parte superior de la tribuna habida cuenta que se hacía imposible ver el espectáculo desde los primeros 10 escalones por la presencia de banderas colgadas en el alambrado. Todo previsible si se hubiera hecho un adecuado análisis previo.

El ingreso al estadio de Lanús por parte de la parcialidad de River es otro ejemplo de lo que no se debe hacer. Múltiples y serios errores en cuestión de gestión de multitud.  En primer lugar, pretender hacer un control de boletos, de identidad y cacheo a once mil personas que ingresan por una sola calle de barrio es un despropósito. Las aglomeraciones estaban garantizadas. Pretender controlar una multitud con caballos es de una irresponsabilidad absoluta. No solo el caballo no ve lo que ocurre a su alrededor (anteojeras) sino que el jinete, con su tonfa (bastón), golpeará principalmente (por una cuestión de altura) en la cabeza de la gente, un riesgo inaceptable que todo manual de procedimiento policial prohíbe por su peligrosidad.

Múltiples y serios errores en cuestión de gestión de multitud.  En primer lugar, pretender hacer un control de boletos, de identidad y cacheo a once mil personas que ingresan por una sola calle de barrio es un despropósito. Las aglomeraciones estaban garantizadas. Pretender controlar una multitud con caballos es de una irresponsabilidad absoluta. No solo el caballo no ve lo que ocurre a su alrededor (anteojeras) sino que el jinete, con su tonfa (bastón), golpeará principalmente (por una cuestión de altura) en la cabeza de la gente, un riesgo inaceptable que todo manual de procedimiento policial prohíbe por su peligrosidad.

Los ejemplos presentados son la consecuencia lógica de una decisión que  no tuvo un análisis técnico apropiado por parte de las autoridades políticas. Se retrotrajo la situación del público visitante sin tener en cuenta que la policía hace ya 4 años que no tiene gimnasia en esta cuestión y nada se hizo durante este tiempo como para prepararse o capacitarse en vistas al regreso del visitante.  Peor aún, al permitir 8000 (Boca) y 11000 (River) espectadores visitantes, el escenario planteado se corresponde más con la década de los ´90 (pináculo en cuestiones de pésima seguridad y bienestar de los espectadores), ya que durante más de una década, por cuestiones de “reciprocidad”, los mencionados equipos solo llevaban hasta 5000 simpatizantes. No es difícil llegar a la conclusión de que se privilegió el interés económico del club local a la competente preparación de la organización (privada y estatal).

                       Diego Murzi – Eric Verschoor – Belén Nassar