“Propuestas de acción e intervención para la construcción de una seguridad deportiva”

 

La ONG Salvemos al Futbol se muestra sorprendida, y se siente más sola en la lucha contra la violencia del fútbol a partir de una propuesta de seguridad deportiva de algunos sociólogos, presentada en estos días. La considera posibilista, poco realista, no adaptable al contexto argentino, y que deslinda la responsabilidad del Estado y de los altos estamentos de la política, además de diluir las diferencias entre los hinchas que sostienen el espectáculo desde la pasión y las barras bravas, mercenarios que se fueron deglutiendo la fiesta popular con la complicidad de una industria del negocio compuesta por dirigentes deportivos y políticos, empresarios y periodistas.

 

En líneas generales, SAF no concuerda con el documento, que entre otras cosas, plantea que la violencia y las barras bravas "seguirán existiendo" cuando no se puede partir de la idea de que el problema no puede ser resuelto. Insistimos en que depende de la voluntad política y que hay que seguir luchando para revertir la situación y no bajar los brazos. Lo que se necesita es compromiso de las partes y estricto cumplimiento de las leyes y reglamentaciones.

 

Respuesta de SAF al documento

 

 

Hay solución si el Estado asume su responsabilidad

 

La indelegable responsabilidad del Estado para resolver las cuestiones atinentes a la violencia del fútbol, la separación clara entre los hinchas que acuden cada domingo a los espectáculos deportivos y los barras bravas - mercenarios que atentan contra lo que debería ser una fiesta popular y la connivencia entre el Poder político, deportivo, policial y judicial en lo que conforma una industria del negocio que las partes se empeñan en mantener-, no pueden soslayarse a la hora de caracterizar los hechos que enmarcan al fútbol argentino desde hace ya medio siglo.

 

Por todo lo escrito, sorprende mucho, y desilusiona más, el documento que diferentes sociólogos (1) han dado a conocer, en el que se enumeran los distintos factores alrededor de la violencia en el fútbol y decepcionan aún más, y de manera notable, muchas de las propuestas para encauzar (ya que, increíblemente, se dice que la problemática “siempre” estará y que no puede ser erradicada, en un extraño renunciamiento) el fenómeno.

 

Puntualmente, ya resulta extraño que los sociólogos también se sitúen como “aficionados al ritual nacional” cuando más allá de que lo sean, el carácter de un documento que tiene pretensiones de ser difundido y tratando de redactarlo, se supone, en tanto científicos, aún con un lógico subjetivismo en tanto humanos, le quita el rigor necesario.

 

El documento no hace ninguna mención concreta a la industria basada en el negocio del fútbol, lo que ya SAF caracterizó como “Fútbol, Violencia S.A.” a través de la película dirigida por uno de nuestros socios, Pablo Tesoriere, y asimismo, se sigue sosteniendo una “Teoría del Aguante” puesta de moda en esos ámbitos a partir de ciertas creencias que no fueron aggiornadas, como que el fútbol “es cosa de hombres”, con una visión sesgada de la realidad, y que denota un absoluto reduccionismo en la mirada del fenómeno, ignorando los evidentes cambios culturales de la última década.

 

En cuanto al Factor Simbólico, resulta reduccionista la visión de la Policía como hinchada contraria o enemigo a vencer. En todo caso, se cae otra vez en la cuestionable lógica de la “Teoría del Aguante”, que en todo caso responde sólo a una visión desde la barra brava y no desde una concepción más general que relaciona a la Policía con la represión desde siempre. En todo caso, la cuestión debe centrarse en un modelo en el que la Policía no simbolice represión ni inseguridad, sino garantía y tranquilidad en los espectáculos deportivos y en la vida en general. Es decir, la solución, una vez más, comienza desde lo estructural y desde la necesaria voluntad política.

 

Pero si nos referimos al factor Político, llama absolutamente la atención que un documento de cientistas sociales no haga ninguna mención a la connivencia entre los violentos y los más altos niveles de decisión política (no sólo punteros barriales), lo cual no parece para nada casual. Se pueden citar claros ejemplos, como la estrechísima relación entre el ex ministro del Interior y ex jefe de Gabinete y actual senador nacional (y al mismo tiempo, alto dirigente de Quilmes), Aníbal Fernández, y el eterno presidente de la AFA, Julio Grondona, o en algunos sugestivos cambios de último momento en la votación de varios legisladores, o en los empleos “ñoquis” de muchos de los barras bravas que luego aparecen en las vulneradas listas de admisión.

 

Coincidimos, en cambio, en la descripción del Factor de Seguridad. No pensar al hincha como hipótesis de conflicto, o la caracterización de los cambios producidos en este tiempo en el que la mayor parte de los enfrentamientos alrededor del fútbol se producen entre facciones de barras bravas que dicen representar al mismo equipo, o las cuestiones que atañen a los estadios y la infraestructura.

 

En cuanto al Factor Mediático, creemos que el documento hace hincapié en lo menos importante, como el discurso belicista (que es igual en todo el mundo, aún en los países sin mayores dificultades en cuanto a la violencia en el fútbol), en lo que consideramos una visión, como mínimo, ingenua. Creemos en cambio que el mayor problema de los medios en la Argentina es la forma en que se relacionan con el fenómeno violento, otorgando a los mercenarios un lugar demasiado trascendente en un país que hereda de los años noventa y anteriormente, de la dictadura militar, valores morales que cuesta mucho cambiar. Los medios, entonces, generan trascendencia social a los violentos por su reiterada mención personal y su constante espacio referencial (justamente, en los países desarrollados que no padecen la problemática de la violencia, los medios no dejan lugar a los mercenarios, al punto de que ni siquiera enfocan con sus cámaras de TV a quienes invaden los campos de juego con consignas de naturaleza menor, para no darles trascendencia).

 

Tampoco se hace mención, en cuanto a los medios, al rol que ocupa en el discurso mayoritario del periodismo “deportivo” el eje “ganar/perder” o “fracaso/éxito” cuya violencia simbólica y su penetración en los seguidores del fútbol es impactante y que también se trata de un fenómeno surgido en la dictadura militar y continuado y exacerbado durante el menemismo en los “noventa”, y que viene, además, atentando contra la estética en los espectáculos y alejando, desde distintas causas, a la gente de los estadios. (2)

 

En el “Factor Hincha” es en el que encontramos las definiciones más sorprendentes. No es cierto que los hinchas no puedan boicotear a los barras bravas, y nos parece una visión completamente errática, la de colocar a los hinchas en un lugar parecido al de los violentos por el sólo hecho de cantar sus canciones o aplaudir (en contados casos, además) sus apariciones en la tribuna. Ya se han registrado casos como el de Independiente, en el que no por casualidad accede a la presidencia un dirigente como Javier Cantero, enfrentado a los violentos, o algunos intentos como en River Plate de silenciar a los violentos con otros cánticos para taparlos. O en Newells Old Boys, club en el que hinchas y socios han luchado denodadamente por alejar a los violentos y dirigentes en connivencia con ellos, del poder.

 

No aparece en el análisis, en ningún momento, el vía crucis y luego cierta resignación del hincha que desde hace medio siglo que fue perdiendo el respaldo institucional, el marco necesario para su tranquilidad y para acceder a un espectáculo deportivo como le corresponde y merece, pero no ha encontrado respuestas ni en lo jurídico, ni en lo policial ni en lo gubernamental.

 

No es cierto que el hincha reclame nada de los violentos sino que es la industria, el entramado de un sistema que se fue conformando desde un sesgo industrialista, el que fue generando estas condiciones en las que es la barra brava la que se arroga el derecho de representación a partir del folklore de los colores y las camisetas. El hincha actúa desde el miedo y la resignación.

 

A esta altura de los acontecimientos, es innegable que las barras bravas constituyen el brazo armado del sistema, su fuerza de choque de un negocio que necesita de varias aristas. Basta recordar cómo se produjo el ingreso de los violentos al sistema (3). Entonces poco y nada tienen que ver los hinchas, que son los que sostienen el espectáculo y los que, además, pagan la cuota societaria y mantienen a los clubes cuyos dirigentes, mayoritariamente, los mandan a reprimir y los alejan continuamente de las decisiones.

 

Llegando a las propuestas, sorprende mucho, por lo posibilista, resignado, ingenuo y poco realista, lo que se sostiene en el documento.

 

Proponer una autorregulación de los hinchas para solucionar la problemática de la violencia, cuando como se dijo, están sometidos al absoluto poder, con total impunidad por la falta de contralor de un Estado ausente, es como proponer que los corderos se autorregulen ante el acecho de los zorros.

 

El Estatuto del Torcedor que se propone como posible de ser imitado o tomado como referencia, tiene relación con un país como Brasil con otra problemática, que no tiene un antecedente de 268 muertos por violencia como la Argentina, y que si va creciendo en los hechos violentos, es justamente por la nefasta influencia de los barras bravas y su accionar en nuestro país y el desarrollo de torneos continentales, el efecto de la propagación del fenómeno por los medios masivos, entre otros factores.

 

Es decir que cuando el fútbol brasileño comienza a sufrir las peores influencias desde la Argentina, se propone un Estatuto que no tiene correlato con los hechos en este contexto.

 

En este sentido, inmiscuirse en el mercado de pases de jugadores para una propuesta contra la violencia del fútbol es, cuanto menos, naif (contrariamente a lo que se quiere negar enfáticamente en el documento). Si durante estos años, el Estado estuvo una vez más ausente en el mercado de transferencias y en la notable evasión impositiva de la industria del fútbol, y tampoco distintos proyectos de ley en este sentido prosperaron (uno de ellos, de la propia SAF), ¿cómo se puede llegar a este planteo desde una mínima dosis de realidad?

 

Pero aún no hemos llegado a lo más extraño. Y es que desde las ciencias sociales, desde quienes estudian el fenómeno desde hace años, se nos dice formalmente no sólo que hay que blanquear a los violentos sino que se nos adelanta, con los brazos caídos, que la violencia que rodea al fútbol no tiene solución. Es decir, los cientistas sociales, de fondo, nos proponen el mal menor, una solución que patea la pelota para adelante y que no toma el toro por las astas y renuncia a lo más básico, a que, como decíamos en el inicio, hay un indelegable deber del Estado de solucionar el problema, de tratar de erradicarlo, y para eso, debe haber un proyecto integral que comienza en lo estructural, en un cambio social cuya primera responsabilidad recae en los gobernantes y en los administradores del Estado en su totalidad.

 

En cuanto a la Seguridad, tampoco se puede deslindar la responsabilidad de la Policía. El fútbol no puede ni debe tener coronita ni ayudas especiales. Una sociedad futbolizada como la argentina fue aceptando, como normal, lo que no lo es. No se puede especializar una fuerza sólo para el fútbol descuidando u otorgándole una importancia menor en la jerarquía social al resto de las actividades. Si se pretende una fuerza especializada, los clubes (o la AFA) deberían hacerse cargo del mantenimiento, a partir de que la violencia fue en aumento exponencial por la connivencia de sus dirigentes y no por arte de magia. En todo caso, habrá que rever la formación de la Policía, antes que priorizar al fútbol sobre cualquier otra manifestación de la vida.

 

Sostener que las barras “van a estar siempre” es un argumento facilista, resignado y posibilista. Si en otros países (cada uno a su modo) se superó el problema, quiere decir que se puede conseguirlo. Pero para que eso ocurra, es absolutamente inviable (y es una de nuestras grandes luchas desde que existimos como ONG) que los violentos sean reconocidos y aún peor, que tengan privilegios sobre el resto. Es increíble que a esta altura se nos diga esto.

 

No fue en otro país, sino en la misma Argentina, donde los plateístas de River Plate aplaudieron de pie la vuelta olímpica de Boca Juniors en 1969, o donde los hinchas de equipos rivales se cruzaban en el entretiempo de los partidos para ir a ocupar la tribuna cercana al ataque de sus jugadores sin que hubiera el menor inconveniente, mientras que hoy deben utilizarse “pulmones” para separar a barras bravas rivales y en cualquier momento, a facciones de la propia. Es decir que lo que medió en estos cuarenta años fue el cambio estructural, y estas son las condiciones generales que se deben intentar revertir.

Va por el mismo carril, y sin ningún criterio de realidad, pretender correr a la AFA de las decisiones de seguridad en los estadios. Sostener esto es no entender la relación ya mencionada entre la AFA y los distintos gobiernos desde la misma existencia de la entidad futbolística, y aumentada en los últimos años de manera evidente.

 

Por todo eso es que seguimos sorprendidos con este documento dado a conocer por estos sociólogos que creemos, pone en peligro la propia credibilidad de su contribución a la problemática de la violencia del fútbol y da la sensación de que hay una enorme distancia entre sus dichos y los hechos de la realidad.

 

Si desde SAF venimos luchando por cambios estructurales en el Estado o los medios de comunicación, luego de este documento, nos sentimos más solos. Tampoco parece que contamos con la ayuda de algunos científicos sociales.

 

De todos modos, seguiremos luchando por cambiar las cosas. No nos quedaremos de brazos cruzados y confiamos en que está en la propia sociedad y en el propio desarrollo del sistema democrático y en las luchas de los distintos colectivos, la posibilidad de cambios que tarde o temprano llegará también al fútbol.

 

Cabe señalar que este trabajo realizado por un grupo de investigadores no representa entonces la propuesta de SAF que considera que hay que seguir insistiendo en la necesidad de un plan estratégico para erradicar de los clubes a las mafias organizadas que estafan a los socios y ponen en riesgo la vida de los ciudadanos en toda la semana, porque hay que tener en cuenta que los hechos violentos ocurren ahora en cualquier momento, sin necesidad del folklore de los partidos.

 

 

 

(1)      Tres de ellos colaboran en SAF aunque en el documento citado, participan de manera particular.

(2)     Es conocida la bibliografía de un gran investigador en ciencias sociales y violencia del fútbol como Amílcar Romero, quien le otorga al año 1958 una importancia fundamental por distintos hechos que condujeron a la introducción de la violencia organizada en el fútbol argentino.

(3) Idem 1.

 

 

 

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Propuestas de acción e intervención para la construcción de una seguridad deportiva

 

(Extracto y dossier para prensa)

 

 

 

Contenido

 

Presentación – Página 2

Cuadro de situación– Página 2

Propuestas para la construcción de una seguridad deportiva – Página 9

Firmas – Página 13

 

 

1. Presentación

 

Quienes presentamos este plan sostuvimos y desarrollamos, desde hace más de diez años, prácticas de investigación científica en el marco de universidades públicas y organismos del Estado como el CONICET.

Esas investigaciones han producido conocimiento novedoso –volcado en artículos, foros, tesis doctorales y libros–[1] sobre algunos de los sectores implicados en el tema que nos convoca: grupos de hinchas, medios de comunicación, organismos de seguridad, entre otros.

Ese es el lugar desde el que nos posicionamos. Pero también el de aficionados al ritual nacional, pasión de multitudes por excelencia, alertas y preocupados ante lo que entendemos un problema cuya gravedad, de persistir el actual cuadro de situación, no irá sino en ascenso.

 

2. Cuadro de situación

 

Según datos publicados por la Asociación Civil Salvemos al Fútbol –considerando al fútbol de primera y al de ascenso, a las ligas profesionales tanto como a las regionales– 261 personas han muerto en Argentina en situaciones relacionadas con eventos futbolísticos desde 1924 (primer deceso registrado). Cerca del 50% del total de fallecimientos ha tenido lugar desde el año 1990.[2]

Las voces hasta aquí (auto)investidas de autoridad para tratar el problema provienen fundamentalmente de dos instituciones: el periodismo deportivo y la policía.

Honrando las valiosísimas excepciones (y dejando de lado a los fines analíticos el hecho de que el tratamiento, con frecuencia, resulte viciado por los respectivos intereses en juego, como por ejemplo alimentar el show o engordar el negocio de la seguridad), afirmamos que dichas voces, por lo general, incurren en groseras equivocaciones.

Sin ir más lejos, ya en la manera misma de nombrar el problema hay un problema. Que no es retórico sino ético, en la medida en que encierra supuestos erróneos: porque no hay “violentos” ni “violencia en el fútbol” sino condiciones que posibilitan el acontecer de prácticas violentas en torno de eventos futbolísticos. Condiciones de posibilidad que, al involucrar distintos planos y sectores, vienen a echar por tierra la consabida figura del “culpable”.

Así, nuestra propuesta, menos espectacular que las habituales (una super-ley, un mega-operativo, una hiper-sanción, detenciones en masa, prohibición de visitantes o derechos de admisión), apunta a trabajar focalizando precisamente allí donde la mirada puramente judicializadora no alcanza: en las condiciones mismas de posibilidad.

Trabajar previniendo. Co-construyendo. Interviniendo sobre los valores que subyacen a las acciones de los sectores implicados. Porque una cosa es “reprimir la violencia en el fútbol” y otra muy distinta la construcción intersectorial y a largo plazo de eventos deportivos seguros.

Consideramos que a tal efecto deberían tenerse en cuenta una serie de factores principales que hacen a las mencionadas condiciones de posibilidad. Estos fueron abordados en detalle en nuestros respectivos trabajos de investigación. Acá los resumimos de la siguiente manera:

Ø     Factor histórico: como resultante de la lógica con que en Argentina se dio la apropiación de la práctica del fútbol heredada de los ingleses, la cultura futbolística local, desde su misma génesis, otorga preponderante peso a la búsqueda y exhibición de triunfos a cualquier precio; asocia el logro deportivo con el honor, la masculinidad y la identidad barrial-territorial; homologa rival con enemigo.[3] Dicho de otra manera: la cultura futbolística nacional es el producto gradual de un pasaje: el pasaje de una ética del juego como cosa de caballeros a una ética del juego como cosa de hombres y de machos. Tan machos como para “tener códigos” y “no llorar” si el rival, apelando a artimañas, les saca ventaja deportiva. Esto va a suponer algunas cuestiones. Por un lado, que desde entonces el fútbol argentino admitirá la posibilidad de la sospecha y eso, en sí, ya genera un clima hostil y paranoico de antemano, casi como regla. A la par, como se trata de una cosa de hombres, no queda otra que aguantársela. Y ahí tenemos una primera versión, temprana, de lo que, sobre todo a partir de la década del 90, se conoce como el aguante.

Ø     Factor organizativo: tiene que ver con las constantes irregularidades arbitrales y organizativas en los campeonatos. Programación de horarios de partidos, criterios de sanción disímiles según el club, entre otras: irregularidades que abonan el aludido histórico clima de sospecha y rompen con el contrato básico sobre el que se asienta todo deporte moderno –la igualdad de condiciones y la meritocracia.

Ø     Factor simbólico: referido a valoraciones propias de los sectores intervinientes en la situación problemática, en al menos cinco planos:

1) El plano de la lógica de bandos con la que hinchas y policías se perciben mutuamente. Para unos, la policía no es percibida como el Estado en la calle sino como una hinchada más, la más fuerte, la de uniforme. Para la policía, por su parte, los hinchas no serían tanto ciudadanos a proteger como amenazas a combatir.[4]

2) El plano de las implicancias de la cultura del honor que soporta y rige el accionar de las barras. Como comunidad, éstas evalúan la conducta de sus miembros refiriéndola a patrones de conducta ideal. Según las conductas se acerquen o se alejen de dicho ideal, oscilan entre la honorabilidad y la acumulación de prestigio o la vergüenza. El honor se acumula obteniendo trofeos de guerra, ganando combates e invadiendo el territorio ajeno. La fatalidad de esta valoración es que a toda afrenta prosigue una interminable secuencia de reparaciones de lo mancillado.[5]

3) El plano de las implicancias de la puesta en juego del capital simbólico-violencia; ese que los integrantes de las barras deben constantemente efectuar y exhibir para insertarse en redes de prestigio, sociabilidad, dones, contra-dones e intercambios (comerciales, laborales, asistenciales, de favores, de lealtades, etc.). Aparte de una práctica que los distingue y diferencia, y que les brinda un nosotros de pertenencia en el que compartirla –nosotros que a su vez les genera protección y vínculos de solidaridad–, el ser reconocido como poseedor del capital-violencia le otorga a su detentador admiración e idolatría en la cancha de parte del resto de los espectadores y reputación en el barrio.[6]

4) El plano de la identidad de género que se dirime en el ritual futbolero, y sus implicancias. Porque en un partido de fútbol no se juega únicamente la gloria deportiva del club y los futbolistas. Simultáneamente está en juego la condición sexual de los hinchas.[7]

5) El plano de un ritual como el futbolístico argentino, en el que, a diferencia de otros tipos de rituales, predominan los componentes dramáticos por sobre los carnavalescos.[8]

Ø     Factor político: relativo a que caudillos partidarios, punteros barriales, funcionarios policiales, dirigentes deportivos, jefes sindicales y/o empresarios tienen una relación de conveniencia para con las llamadas barras.

Ø     Factor de seguridad: afirmamos que para prevenir hay que conocer. Y que para conocer es indispensable reponer la voz del hincha, sus puntos de vista, los valores que subyacen a sus acciones. De lo contrario, y si se lo considera de antemano como un irracional, “la violencia” aparece como lo impensable. De ese modo, se supondrá al evento futbolístico como intrínsecamente peligroso. Este es el supuesto sobre el que se asientan en nuestro país los “operativos de seguridad”. Es como si todo el accionar de la policía estuviera pergeñado a partir de una hipótesis de conflicto. En consecuencia, se trabaja con acciones de vallado, de alambrado, de tabicado, de escoltamiento, de separación de los ingresos por calles, de desconcentración de las parcialidades a distintos tiempos, de prohibición de asistencia al público visitante… Todo en pos de evitar el encuentro de los cuerpos. En relación a ello, en primer lugar, decimos que si se trata a los hinchas como animales es de esperar que se comporten como animales. En segundo, distintos trabajos sociológicos han encontrado que este supuesto es el mismo de un paradigma de seguridad que en la Ciudad de Buenos Aires atañe no solamente al fútbol sino también al espacio público en lo que a plazas y parques concierne. Por último, hay que decir que este esfuerzo es, además de prejuicioso, obsoleto. ¿Por qué? Porque, como arrojan las estadísticas, buena parte de las actuales muertes o incidentes están teniendo lugar entre hinchas del mismo equipo. Es decir, entre cuerpos que se encuentran del mismo lado de la reja. Y no solamente eso sino que además, una de cada tres de esas muertes está teniendo lugar fuera del estadio e incluso durante la semana[9]. Por último, una serie de incidentes registrados en partidos disputados a puertas cerradas también demuestran lo obsoleto de este paradigma.

Ø     Factor estadios: en estrecha relación con el punto anterior, el de los estadios constituye un doble factor de posibilidad para el acontecer de prácticas violentas. Por un lado: los sanitarios en malas condiciones, el hacinamiento (en la tribuna, pero también en la compra de entradas, en el ingreso o en el egreso), la mala iluminación, los pasillos y bocas de acceso imposibles; todo contribuye a la percepción de maltrato. Por otro, los estadios constituyen un factor crucial en tanto el hincha, íntimamente, sabe que, en caso de urgencia (derrumbe, incendio, avalancha, descompostura), la cancha puede convertirse en una trampa mortal, lo cual no puede sino predisponer agresivamente a las personas.

Ø     Factor mediático: aludimos aquí al periodismo deportivo. A su desarrollo, su historia, su adaptación a los tiempos en el marco de la economía política del sistema de medios. Ejemplos de todo ello:

1) El periodismo deportivo abunda en afirmaciones irresponsables, siempre proclives a los giros bélicos, la cizaña, la polémica y a las retóricas dramáticas para mantener, más con los criterios del show que con los del relato, la tensión en épocas de sobreabundancia de oferta informativa.

2) Las transmisiones televisivas de partidos en directo y el repaso repetitivo de resúmenes y compactos que, amparados por el desarrollo tecnológico, capaz de detenerse una y mil veces a verificar al milímetro y desde decenas de cámaras lo que el árbitro tiene que resolver en tiempo real, están todo el tiempo remarcando los fallos arbitrales y poniendo así en duda su imparcialidad; contribuyendo, de paso, a crear una manera judicial de ver fútbol.

3) La creación de programas como El Aguante, que ha contribuido  en la gestación a la vez que en la puesta en escena de una nueva manera de ser hincha, auto-referencial, más pendiente de la performance de la hinchada que del equipo, desde mediados de los años 90 (junto a otra serie de factores extra-mediáticos, los estrictamente deportivos por ejemplo, en el sentido de que el déficit estructural de los clubes imposibilita la identificación del hincha con un estilo o un héroe deportivo).[10]

Ø     Factor hincha común: el hincha así llamado por el sentido común mediático-futbolero es parte del mapa de condiciones de posibilidad en, al menos, tres sentidos.

1) Si tomamos al hinchismo como un discurso, esto es, como una máquina de hablar y escuchar que atraviesa a todos los hinchas del fútbol argentino por igual, tenemos que decir que dicha máquina les provee procedimientos y mecanismos discursivos que, lejos de favorecer el registro del problema y su implicación en la elaboración del mismo, lo fomentan, obstaculizan e invisibilizan.[11]

2) El hincha “pos-aguante”, dada las nuevas valoraciones que asigna a la performance de la propia hinchada, celebra y legitima, cuando no directamente festeja, ya sea la bravura de su barra para combatir con hinchas rivales como su despliegue visual. Y no solamente que lo celebra y legitima sino que además lo filma y fotografía con celulares, y lo cuelga en distintos sitios de la web (youtube, blogs y sitios partidarios, cuentas de facebook). En nombre de un torneo imaginario por la posesión del aguante, se ve obligado a cantar lo que canta la barra y no puede boicotearla –por ejemplo, mudándose de tribuna, insultando o directamente no yendo a la cancha en caso de estar en desacuerdo con algún comportamiento de ésta, del equipo o de la dirigencia del club.

3) Este mismo hincha común –en este caso, independientemente de la cultura del aguante ya que se trata, como dijimos, de un rasgo histórico– reclama de su barra aprietes y protección, casi como si ésta fuera un brazo armado, fuerza de choque o autor material. Aprietes: a jugadores propios, a los árbitros, a futbolistas e hinchas visitantes. Protección, por su parte, en lo que atañe a cuidar las instalaciones del club cuando los visitantes lo están dañando, o en lo concerniente a defensa personal ante situaciones de peligro cuando viajan de visitantes a otros estadios.

 

Luego de esta enumeración, puede notarse cómo lo sorpresivo no es que “haya violencia” sino el hecho de que no haya aún más.

De esta presentación se desprende una conclusión: el acontecer de prácticas violentas en torno de eventos futbolísticos no es “irracional”, “ilógico”, “sinsentido” y “accidental”, producto de “anormales”, “inadaptados” al ritual del fútbol, como pretenden periodistas y organismos de seguridad (anormalidad que, no hace falta decirlo, recae siempre en los barras pero jamás en los demás grupos de hinchas comunes, socios, trabajadores de clase media que, como se desprende de nuestros argumentos, participan generando condiciones para el accionar y la legitimación de aquellos).[12]

Muy por el contrario, se trata de algo que responde a racionalidades y lógicas muy concretas, ancladas en valoraciones relevantes para los sectores implicados, según los cuales, por ejemplo, las prácticas violentas en el contexto del fútbol no solamente son permitidas sino además consideradas legítimas (aunque luego, ante las cámaras y los micrófonos, casi todos busquen desentenderse).

De modo que, al no ser accidentales, las prácticas violentas son previsibles. Y al ser previsibles son prevenibles.


3. Propuestas para la construcción de una seguridad deportiva

 

Nuestra propuesta –en el marco de una planificación estratégica sostenida en el tiempo, con proyección cronogramática de resultados y acciones de evaluación– es una propuesta genérica. Es decir, un plan maestro ajustable y adaptable a los casos en particular (seguramente no son lo mismo clubes de ciudades con una estructuración dicotómica de las rivalidades que aquellos que se encuentran en las zonas difusas que se despliegan entre Capital Federal y Conurbano Bonaerense).

La misma parte de una serie de premisas generales, sostenidas simultáneamente en supuestos que en todo caso habrá que testear y poner a prueba cada vez.

Especialmente, las premisas son dos:

 

·        Primero: en materia de seguridad, nadie mejor que los hinchas comunes

Nadie conoce los secretos del ir y el estar en la cancha como ellos.

Y nadie se vería más damnificado que ellos por la desaparición de lo que experimentan y defienden como una fiesta.

Entonces, ¿por qué no diseñar canales institucionales de diálogo y consulta a fin de otorgarles injerencia en las decisiones? ¿Por qué no abrir espacios en los que constituirlos como interlocutores calificados al momento de, por ejemplo, diseñar la seguridad de un partido de fútbol e incluso, por qué no, sancionar una nueva ley de espectáculos deportivos que mejore a la vigente, más inspirada en el Estatuto do torcedor que en el Código Penal? ¿Por qué no hacer que se sientan respaldados, escuchados y tenidos en cuenta?

Fuera de ello, entendemos que toda acción es vivida como normativa externa y prohibitiva, y, en consecuencia, como una invitación a la transgresión.

Dicho de otra manera: nadie cuida aquello de lo que no se siente parte.

Por el contrario, creemos que:

Ø      “Empoderados”, los hinchas comunes mismos auto-regularían sus prácticas y comportamientos, y terminarían auto-gestionando la seguridad en los estadios.

Ø      Ocupados en gestionar los asuntos comunes de la cancha y de la fiesta, se desinteresarían de cualquier iniciativa violenta.

 

Y esto no significa inocencia o una actitud naïf: conocemos a los hinchas, no suponemos un hincha ideal.

 

·        Segundo: optimizar recursos y tiempos trabajando prioritariamente sobre lo posible de ser modificado

Un ejemplo que conecta con la premisa anterior: confiamos en que los buenos espectáculos adentro de la cancha quitan atención al afuera sedimentando así las bases sobre las que se asienta la cultura del aguante, también conocida como “ser hinchas de la hinchada”.

Ahora bien, pretender una regulación del mercado de pases de manera tal que los equipos y los jugadores duren mayor tiempo llegando así a forjar vínculos identificatorios con sus hinchas, es, en el actual estado de cosas, pretender un imposible.

Del mismo modo:

Ø      La institución policial no es confiable. La portación de armas, de por sí violenta, estigmatiza y judicializa (como contraejemplo, se puede ver el caso de los espectáculos masivos en los que se utiliza seguridad no-policial con éxito). ¿Entonces, por qué no quitarla del comando de los “operativos” y formar una nueva fuerza de agentes de seguridad desarmados y especialmente entrenados y capacitados para actuar en espectáculos futbolísticos?

Ø      Las barras van a estar siempre. Porque la relación de mutua conveniencia con los resortes de poder acaso sea inmanejable. No obstante, se podría: a) Blanquearlas. Abrir un banco de datos de barras en el que estén registrados. Darles entradas únicamente a quienes aparecen en el registro, así se sabe cuántos y quiénes son y se planifica en consecuencia; b) No darles protagonismo en los medios, ni filmando sus performances ni atendiendo a sus noticias; c) Persuadir a los hinchas comunes de que no las filmen ni saquen fotos.

Ø      Los clubes siempre van a tener relación con las barras. Así, en consonancia con el punto anterior, una alternativa a experimentar sería legalizarlas. Y que les den beneficios a cambio de que no tengan injerencia en los asuntos del club, por ejemplo. Es decir: que el vínculo con el club se reduzca nada más que a su presencia los días de partido.

Ø      A menos que exista una decisión política del Poder Ejecutivo de intervenir la Asociación del Fútbol Argentino, el camino que queda por plantear es el consistente en correr a la AFA, así como a la Policía, del diseño de la seguridad en los estadios.

Ø      Los medios. Sobre el modo y las gramáticas con que se tratan y debaten públicamente temas en el actual sistema de medios no se puede hacer mucho. No obstante, sería menos imposible intervenir sobre sus contenidos. Resultaría interesante en este sentido la creación de un observatorio que module términos discriminatorios, retóricas dramatizantes, enunciados irresponsables y sancione alusiones a hechos que, durante las transmisiones, no tengan que ver con el partido propiamente dicho.

Ø      Nuevamente, los hinchas comunes. ¿Por qué no cambiar el foco? ¿Por qué no pasar de controlar el grupo minoritario (barras) a enfocar la prioridad en la mayoría de los asistentes al estadio? Esto es: que se sientan protegidos, que sientan que tienen voz y voto en las decisiones, y derechos como hinchas, a partir de la apertura de canales de diálogo y representación con las autoridades de los clubes y la AFA. Si la constante retórica “hay que hacer como los ingleses” fuera consistente, se vería que ésta fue la principal lógica de la reforma británica: organizar un fútbol para los espectadores, y no para una mínima porción involucrada en actos violentos.

Dicho esto, sugerimos implementar las siguientes acciones:

 


Firmantes

 

Dr. José Garriga Zucal UNSAM-CONICET 15-6899-6379; garrigajose@hotmail.com

Dr. Juan Manuel Sodo UNR 341-145103; juansodo@gmail.com

Dr. Pablo Alabarces UBA-CONICET 11-4613-3347; 15-11-5008-6036; palabarces@gmail.com

Dra. Verónica Moreira UBA-CONICET

Mag. Diego Murzi UBA

Lic. Rodrigo Daskal UNSAM

Lic. Santiago Uliana UNTREF

Lic. Juan Branz UNLP-CONICET

Lic. Alcira Martinez FPyCS-UNLP

Lic. Sebastián Sustas UBA

Lic. Ramón Burgos UNJu-UNSa

Lic. Javier Szlifman FCS-UBA

Lic. Federico Czli FCS- UBA

Lic. Diana Avila UFJC (Colombia)

Estudiante avanzado Nicolas Cabrera UNVM

 

 

 

 

 



[1] Entre los que podemos citar los libros editados entre 2000 y 2011 por Pablo Alabarces, José Garriga Zucal, María Verónica Moreira y Julio Frydenberg, entre otros; las tesis doctorales de los citados Garriga, Moreira y Juan Manuel Sodo, en la UBA y la UNR; innumerables artículos en revistas científicas y de divulgación de los ya mencionados, así como de Uliana, Godio, Daskal, Branz, Grustchesky, Ferreiro, Fernández. Todo ello constituye una producción bibliográfica extensa y sostenida, y ampliamente reconocida a nivel local e internacional.

[2] Ver http://www.salvemosalfutbol.org/listavictimas.htm

[3] Ver Frydenberg, Julio, 2011, Historia Social del Fútbol; del amateurismo a la profesionalización, Siglo XXI, Buenos Aires.

[4] Galvani, Mariana y Palma, Javier, 2005, “La hinchada de uniforme” en Alabarces, P y otros, op cit.

[5] Ver Moreira, María Verónica, 2005, “Trofeos de guerra y hombres de honor” en Alabarces, P y otros, op cit.

[6] Ver Garriga Zucal, José, 2007, Haciendo amigos a las piñas. Violencia y redes sociales de una hinchada de fútbol, Buenos Aires: Prometeo.

[7] Ver Archetti, Eduardo, 1985, “Fútbol y ethos” en Serie investigaciones, Buenos Aires: FLACSO.

[8] Ver Archetti, Eduardo, 1985, op cit.

[9] Ver http://www.salvemosalfutbol.org/investigaciones.htm

[10] Ver Salerno, Daniel, 2005, ““Apología, estigma y represión; los hinchas televisados del fútbol” en Alabarces, P y otros., op cit.

[11] Ver Sodo, Juan Manuel, 2012, “Prácticas de sociabilidad en un grupo de hinchas del fútbol argentino y sus vinculaciones con la producción de ambientes de violencia en torno del espectáculo futbolístico”, Tesis doctoral, Doctorado en Comunicación Social, Facultad de Ciencias Políticas y RR.II, Universidad Nacional de Rosario.

[12] No está de más reiterarlo: al opinar, la prensa no hace sino caer en compendios de lugares comunes estigmatizantes. Veamos, en esta dirección, los resultados de un estudio en el que se recuperan las maneras en que puntualmente la prensa gráfica analiza y nombra a los hinchas aparentemente responsables en incidentes ocurridos entre 1967 y 1997. Allí los autores del trabajo agrupan las denominaciones en tres grandes conjuntos de metáforas y series: Por un lado, la metáfora y la serie criminal-bélica, a la que corresponden términos tales como “grupos patoteros”, “patota” (caso Souto: Clarín, Crónica, La Nación, 1967), “delincuentes organizados” “asesinos”, “organizaciones mafiosas”, “bandas delictivas”, (Caso Vallejos-Delgado, Crónica, 1994), “Grupo de choque”, “guerrilla” (caso Souto, Clarín, 1967), “mercenarios” (Caso Vallejos-Delgado, Crónica, 1994). Por otro, la metáfora y la serie animal-infrahumana, a la que corresponden, además del clásico “inadaptados”, términos como “salvajes”, “bárbaros”, “bestias”, “energúmenos”, “monstruos”. Finalmente, aunque en menor medida, la serie y la metáfora biologicista, tan familiar al discurso militar: “cáncer”, “tumor”, “virus”, que vendrían a ser extirpados por los “anticuerpos de la sociedad” (Caso Vallejos-Delgado, La Nación, 1994). En definitiva: a diferencia de lo que nuestro mapa deja en evidencia, aquí en cualquiera de los casos se trata de diagnosticar una anormalidad -un sinsentido, algo inexplicable- y proponer su eliminación. (Ver Coelho, Ramiro, Lobos, Andrea, Sanguinetti, Juan y Srabsteni, Ángel, 1998, “Del lugar común al estigma. La cobertura de la violencia en el fútbol en la prensa argentina”, en ponencia ante las IV Jornadas de Investigadores de la Cultura, Instituto Gino Germani Facultad de Ciencias Sociales, Buenos Aires).