Una vez más vuelve a aparecer la indignación por la “violencia en el fútbol”. Una vez más los diarios se escandalizan, la opinión pública pide “erradicar a los violentos”, los políticos prometen, los dirigentes se desligan, volvemos a mirar las estadísticas, alguien pide que vuelva “la familia al fútbol”, otro recuerda el “exitoso” caso inglés, un tercero pide “decisión política” y a los “especialistas” nos toca dar alguna opinión con alguna pretensión de profundidad que en una semana va a quedar en el olvido. El “todo pasa” de Grondona hizo escuela: hace aproximadamente treinta años que una o dos veces por año pasa lo mismo. Y todo pasa de largo como si nada.

Los siete muertos de esta semana son antes que nada la evidencia de un fracaso colectivo, cuya responsabilidad comparten el Estado y los organismos de seguridad, los clubes de fútbol, la AFA y también la patria futbolera: no podemos olvidar que el intento que se hizo en Independiente durante la presidencia de Cantero fue absolutamente abandonado por los socios que lo habían llevado al poder cuando al equipo le fue mal. Pero todo pasa: renunció Cantero, llegó Moyano, entonces al equipo le va bien y hoy sólo importa que River no se les escape.

Estas muertes reafirman que las medidas reactivas y espasmódicas del Estado no sirven. Ya incrementaron el número de policías, pusieron pulmones entre las hinchadas, agregaron cámaras, escoltan a las hinchadas, ya hay derecho de admisión y Di Zeo estuvo preso, ya prometieron AFA Plus (¿qué haríamos con los combates afuera del estadio?) y, finalmente, prohibieron el público visitante. Queda claro que los mecanismos “de control” no sirvieron para nada.

Los siete muertos son también un triste catálogo de las diferentes dimensiones en que se manifiesta la “violencia en el fútbol”, que en realidad no es una sola violencia sino que son muchas. Las disputas por poder, por broncas o por recursos al interior de una hinchada (Almirante Brown), las rivalidades deportivas y barriales (San Telmo/Dock Sud) y las peleas entre grupos para dirimir el control de territorios en el conurbano bonaerense (Ituzaingó) son para el periodismo y la política que lo miran por TV un único fenómeno, pero cuando uno se acerca encuentra que hay muchas diferencias que implican políticas públicas distintas. Y no olvidemos a los hinchas de Belgrano y de Temperley que cayeron al vacío como consecuencia de las deficientes condiciones edilicias y de seguridad de los estadios, porque la negligencia institucional también es violencia.

Como también son violencia los manejos dirigenciales y la sensación recurrente de que los campeonatos y los ascensos no sólo se ganan con juego sino con política; las malas condiciones de los estadios incluso cuando parte del dinero de Futbol para Todos debía ir a mejorar la infraestructura; el integrante de la seguridad de Lanús con un arma que fue ¡protegido! por el presidente cuando afirmó que “estaba descargada” (¿la AFA aplicará alguna sanción?), la asimetría en los castigos ante incidentes en los estadios, y la lista sigue…

Entonces podemos ir por los caminos de siempre o cambiar algo. Desde nuestro punto de vista, es hora de generar políticas de desarticulación de la violencia a largo plazo. De dejar de pensar a la violencia en el fútbol como una mera expresión de la inseguridad o como una disputa entre “salvajes” que pelean sólo por dinero. De dejar de pretender “soluciones ya” y entender que la violencia está cargada de significados mas densos, más profundos y de una trama social que hace que se transforme, se reproduzca y perdure en el tiempo. De comprender que una buena parte del problema radica en las formas de la cultura futbolística argentina, para la cual la violencia es algo legítimo. Es hora de sacar el foco exclusivamente de las barras bravas (que son el árbol que está tapando el bosque) e iluminar al resto de los actores que hacen del futbol un espacio de violencias: los dirigentes de clubes, la policía, la política partidaria, la política sindical, y también las empresas ligadas al fútbol.

Estas 7 muertes constituyen un fracaso para todos los que deseamos que el fútbol sea un espacio festivo, de participación, creatividad e intercambio popular. Como académicos y miembros de una ONG que lucha contra la violencia, estos 7 hinchas muertos nos duelen, nos interpelan, nos movilizan. Y nos recuerdan que cuando hay gente que se está matando, el debate por la violencia no se termina en la generación de condiciones para que un grupo de hinchas “no violentos” pueda ir a la cancha tranquilo, comerse un paty con coca y agitar el brazo para sentirse parte de la “banda más grande”, “la más fiel”, “la que tiene más aguante”.

 

Por Federico Czesli, licenciado en comunicación y miembro de la ONG Salvemos al Fútbol y Diego Murzi, sociólogo y directivo de la ONG Salvemos al Fútbol

 

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